Todo lo que quiero cabe en una sonrisa

No quiero riquezas, ni una canción,
No importa si vivo en un rincón.
Lo que quiero es vivir en tu mirada,
Y habitar tu corazón.

No quiero pasajes a París,
¿Para qué si no estás ahí?
Quiero viajar a tu mejilla,
Y vacacionar en tu reír.

Quiero ser el latido de tu corazón,
El suspiro que escapa sin razón.
No quiero un millonario jardín,
Soy el más rico si estás aquí.

No quiero domingos en la playa,
Quiero cualquier día en que me abrazas.
Quiero respirarte a pinceladas,
Y sentir que nada malo pasa.

Todo lo que quiero cabe en una sonrisa,
En la comisura de tus labios y en tus caricias.
Todo lo que quiero es darte mi vida,
Todo lo que quiero es tu sonrisa.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras



Como se venga, pero que sea contigo.

Como se venga la vida,
Como se venga el destino,
Como se venga, pero que sea contigo.

Si el llanto se me vuelve rutina,
Lloraré de alegría, por tu compañía.
Si las lágrimas me inundan la vida,
Nadaré feliz hasta tu orilla,
Porque si es por ti camino hasta la luna,
Y si es contigo, me alegra hasta la ruina.

Sean riquezas o sea la lluvia,
Ya sea razón o sea la duda,
Sea con John o sea con Ringo,
Sea lo que sea, que sea contigo.

Pero no me dejes sin ti,
Que me abandona la locura,
Me tortura la alegría,
Y el calor de tu ausencia me congela.

Como se venga el mundo,
Como se vengan los sueños,
Si vienen blancos o vienen negros,
Como se venga, pero que sea contigo.

Y.A.A.S.
El recolector de palabras.





El nacimiento de Helios

Primera Parte.
El retorno del amor.

Previo al final del principio, cuando la luna tenía luz propia, las noches eran largas y los días fríos, y la tierra era habitada aún por la segunda generación del hombre, una mujer sin nombre dio a luz a un niño a quien llamó «Helios». Era descendiente directo del amor y había heredado su bendición y su castigo; su ser estaba dividido en dos, condenado a buscar la otra mitad para la que fue concebido.
No esperaba el majestuoso pero retorcido destino que le esperaba. Había nacido para la gloria, y por la gloria viviría hasta el último día de la tierra.
Helios creció en el campo con dos hermanas y sus padres. El tiempo lo bendijo con la belleza de la tierra, la fuerza de un volcán y la furia del mar. Su padre había sido uno de los primeros hombres en trabajar la tierra, y él había aprendido también. Fue precisamente descansando en sus dominios cuando descubrió por fin la otra mitad de su alma. Apenas tenía 17 años, pero su corazón tenía la edad del mundo. La noche era fría, pero iluminada. Helios alzó el rostro y vislumbro la luz de la Luna, que abrazaba cada rincón del planeta. Su corazón se precipitó y sonrió nervioso en sus adentros, temerosos de que lo que veía fuese irreal. Lo peor le había sucedido; se había enamorado de la Luna.
Fue aquella la primera noche en que Helios no durmió un segundo. Luego, con cada crepúsculo se precipitaba a la soledad y sonreía viendo cada cráter de la Luna modelarle desde lo alto. El amanecer era la peor parte de sus días. Vivía por la noche, y moría con el alba. Durante la ausencia de la Luna, solo pensaba como enamorarla también, como alcanzarle, rozarle, o simplemente, no dejar de mirarle jamás. En alguna ocasión, supo que cantarle al astro y este le regaló mil sonrisas en su luna creciente.
Un día Helios no lo soportó, tomó sus cosas y huyó de su hogar en busca del cerro que le disminuyera el cenit que le separaba de su amada. Así un día frío encontró el monte más alto del planeta, al oriente del hemisferio norte de la tierra. Ahí le esperaba con parsimonia al final de cada día, viviendo feliz mientras durara la noche. Con el tiempo aconteció lo inevitable, y la Luna le abrió su corazón, sucediendo así lo inimaginable; la Luna, infinita, se había enamorado de un simple hombre mortal. Los días eran cada vez más cortos pues aquel satélite se apresuraba a rodear la tierra, para ver a su amado.
La Luna, envuelta en esa euforia necia que engendra el amor, cometió una noche la mayor locura de su ser; tomó la luz que había heredado de los dioses y se la entregó al mortal, como prueba de su infinito y sincero amor. Helios, el mortal, incapaz de creer lo que poseía en sus manos, extirpó su corazón y se lo entrego al astro. El pobrecillo pensaba que el obsequio era de similar valor. Así la tierra, el mar y las estrellas volvieron a presenciar como regresaba aquel mágico ser llamado «Amor», con su locura y su belleza afiliada.


Segunda Parte.
El retorno de los dioses.

Helios y aquel enigmático Astro gozaron de los placeres de la existencia tanto como duró su locura, que ciertamente, era infinita. Pero la Luna, en su alma, sabía que pronto tendrían que costear el pago de su felicidad, aunque sea cual fuese el precio, sabía que valía la pena.
Fue el dios del viento quien les descubrió, convirtiéndose en tempestad al instante que voló a narrarle al dios de la paz y de la guerra lo que había visto. En aquel instante aquella deidad destructora enfureció y fue más dios de la guerra que de la paz. Temeroso de ver resurgir aquel ser misterioso ser que él mismo había dividido en dos, al «Amor», y celoso de saber que no podría amar jamás, invocó a su ejército e hizo acto de presencia en aquel monte de más de ocho mil metros de altura, donde la tierra se acercaba a la Luna.
— ¿Qué has hecho, Luna cualquiera? —Tronó su voz, haciendo que cada hombre que le escuchara temblara de miedo, y el cielo escupiera relámpagos a cada palabra— ¡Has despreciado el regalo que te hemos dado, otorgándolo a este miserable hombre mortal!
Helios y la Luna temblaron bajo la ira del falso dios. El mortal se puso en pie tomando valor sin saber de dónde, e intentó encarar a aquella deidad.
—No nos castigue, su divinidad —rogó Helios— somos simples ingenuos, más le pido que nos permita permanecer para lo que fuimos hechos. Y para no hacer hereje nuestra unión, solicito más bien su misericordia, y me sustraiga el don de la muerte. Así no seré más un mortal que atentó contra los dioses, y tampoco seremos separados de nuestro destino.
El dios de la guerra y de la paz gruñó con ira, desenvainando su espada al instante.
—Se lo pido —solicitó Helios, colocándose de rodillas ante el dios— le entregaré mi alma, si es necesario.
El dios rió.
—Tu alma no vale nada para mí, humano. Pero te convertiré en inmortal, como has solicitado.
Helios sonrió feliz, imaginando la eternidad al lado de su amada.
— ¡Serás condenado! —Gritó el dios— lo que has solicitado será tu castigo. Estarás condenado a vivir eternamente separado de la Luna, sin poder alcanzarla jamás. Y tú, Luna traicionera y hereje —vociferó, señalando a la luna— ya no tendrás el don de la luz, pues la haz rechazado para siempre.
Aquella falsa deidad elevó su arma de hierro sagrado y con un fuerte impulso golpeó sobre el pecho del mortal. Su cuerpo se fundió con la luz de la Luna, que atesoraba donde antes estaba su corazón, y comenzó a arder en llamas. Se elevó a los cielos y gracias a su contextura agresiva como humano, al momento se sufrir la metamorfosis a inmortal, se transformó en un glorioso astro de fuego que iluminaba los confines del universo.
Desde el cielo, Helios podía ver cada rincón de la tierra. Su luz llegaba hasta la Luna y de nuevo, sin desearlo, el amor les había dado otra lección a los dioses.
Así, Helios perseguía a la Luna por la eternidad, regalándole la luz que él un día recibió de ella, y de vez en vez, cuando el destino se ponía blando, se lograban alcanzar y hacían el amor en lo alto del cielo, formando cortísimos besos en eclipse.
Con el tiempo, los hombres asignaron uno tras otro eufemismo al mortal que se volvió luz. Se le llegó a llamar Solís, y cierto imperio bautizó el séptimo día de la semana en su honor, como se le conoce hasta el día de hoy. A los dioses falsos, en cambio, los habían arrojado al obscuro abismo del olvido, y de nuevo, el amor verdadero demostró ser inmortal.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.



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El mundo no se detiene.

Aunque el destino te separe de los sueños,
Aunque la vida se ría de tu suerte,
O si la tempestad hace lo propio con tu cuerpo,
Sigue adelante, el mundo no se detiene.

El tiempo no esperará a que le alcances,
El mar no se calmará para que pases,
Ni el viento detendrá su castigo,
Pero siempre lucha, y lleva la fe contigo.

Que la felicidad sea tu andar,
Y una sonrisa no olvides vestir,
Que el silencio te escuche cantar,
Y a la vida enséñale a vivir.

Y si el destino te esconde la felicidad,
Mírale sonriendo, y dile que la encontrarás.
Demuestra que tu fuerza no tiene fin,
Que has sido libre y siempre será así.

Si alguien te rompe el corazón,
Reconstrúyelo más grande que el sol,
Pero no te permitas no aprender,
Pues el amor no da entrada a la razón.

Si tu cuerpo comienza a menguar,
Y las enfermedades te pretenden nublar, 
Déjalo ser, y comienza a entender,
Que hasta el rio más claro muere en el mar,
Incluso las nubes caducan en la lluvia,
Y hasta los buenos recuerdos tienen que acabar.

Si la riqueza parece mermar,
Recuerda que rico no es el que tiene más,
Si no quien tiene a quien abrazar.
Entiende que el mundo entero es tu hogar,
Vallas donde vallas, rico serás.

Cuando la muerte te robe un amigo,
Recuerda que lo encontraras en el camino,
Lo sentirás en el viento y en el mar,
En el recuerdo de cada sonrisa que te supo robar.

Que es duro tener que luchar, dirás,
Pero quien gana, suele ser quien lucha más.
Derrama el alma en cada sueño,
Y cada sueño alcanzarás.

Y si el mar se alza contra el mundo,
Si las montañas parecen derrumbar,
Si el cielo dejó de sonreír,
Recuerda que quien está estancado,
Ya comenzó a morir…
Sigue adelante, el mundo no se detiene.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.


La despedida

Ha llegado la hora, amor,
La hora de cerrar mis ojos,
Más no la de dejar de verte,
Porque los ojos del alma,
No los cierra la muerte.

Solo si vives, viviré, inmortal seré,
Y mientras duermas, ahí estaré,
Seré el protector de tu calma,
Tu atrapasueños será mi alma.

Solo moriré si me olvidas,
O si se te borra la sonrisa,
Que si mis memorias te perturban,
Con gusto asesinaré mi recuerdo,
De tu corazón lo soplaría.

Se feliz, pues ese es mi cielo,
Mi paraíso son nuestros recuerdos.
Prometo envejecer de tu mano
Mi alma flotará a tu lado,
Y si Dios me lo permite,
Te escribiré de vez en cuando.
Mis cartas serán tus sueños,
Tu compañía será mi canto.

No prometo visitarte algún día,
Pues de tu lado jamás me marcharía.
Aunque no me veas, ahí estaré,
Seré el pañuelo de tu llanto,
Y el eco de tu sonrisa.

Seré la brisa que te acaricie,
La nube que te cubra en el día,
La lluvia que rose tu superficie,
Seré la misma mierda que pises,
Si es necesario para seguirte.

Hoy las leyes de los hombres,
Mi muerte obligan,
Pero mañana la ley de Dios,
Me hará justicia.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.



Las Peripecias de un Borracho.

No sé si vivo para beber,
O bebo para vivir,
Pero si el aire fuese licor,
Tendría para vivir otra razón.

El sol y su manía de huir,
Me advirtió que la vida,
Se tiene que vivir.

La luna y su forma de reír,
Me enseñó que la noche
Se hizo para ser feliz.

Por eso no paro de beber,
Solo en los lagos del alcohol,
Soy quien quiero ser.

Mi mejor amiga es una cerveza,
No me abandona ni en tiempos sin certeza.
Y un verdadero hombre sabe amar,
Un buen trago, y una mujer.

Y aunque nunca puedo ser feliz,
Mi sueño en la vida, es morir,
Morir en un trago de licor,
Y en una copa de vino, vivir.

Y si el alcohol se volviese fuego,
Hasta el mismo infierno bajaría,
Para compartir unas copas con el diablo,
Y hasta a la muerte embriagaría.

Que si el destino quiso mi vida en obscuridad,
Quizá fue para una fiesta cantar,
Mi vida una cantina será.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.


Cadena de Sonrisas

Maldita parafernalia del amor,
Que su sonrisa causa la tuya,
Y la tuya es razón de la mía.

Malditas manías del amor,
Que solo soy feliz,
Si él te hace reír.

Maldigo que su felicidad
Te cause a ti,
Lo que la tuya me hace a mí.

Mataría la vida, moriría por amor,
Lo que sea daría, por ser yo la razón,
Por ser yo, origen de tu corazón,
Y no de tus sobras, el recolector.

Las migajas de tu tiempo,
Las estelas de tu amor,
El residuo de tu ser, bastaría,
Para alegrar mi corazón.

Pero le agradezco a Dios,
Que te haga soñar, que te haga feliz,
Al fin y al cabo, solo así logro reír.

Maldita cadena de sonrisas,
Me tocó ser, el último eslabón.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.