El mundo no se detiene.

Aunque el destino te separe de los sueños,
Aunque la vida se ría de tu suerte,
O si la tempestad hace lo propio con tu cuerpo,
Sigue adelante, el mundo no se detiene.

El tiempo no esperará a que le alcances,
El mar no se calmará para que pases,
Ni el viento detendrá su castigo,
Pero siempre lucha, y lleva la fe contigo.

Que la felicidad sea tu andar,
Y una sonrisa no olvides vestir,
Que el silencio te escuche cantar,
Y a la vida enséñale a vivir.

Y si el destino te esconde la felicidad,
Mírale sonriendo, y dile que la encontrarás.
Demuestra que tu fuerza no tiene fin,
Que has sido libre y siempre será así.

Si alguien te rompe el corazón,
Reconstrúyelo más grande que el sol,
Pero no te permitas no aprender,
Pues el amor no da entrada a la razón.

Si tu cuerpo comienza a menguar,
Y las enfermedades te pretenden nublar, 
Déjalo ser, y comienza a entender,
Que hasta el rio más claro muere en el mar,
Incluso las nubes caducan en la lluvia,
Y hasta los buenos recuerdos tienen que acabar.

Si la riqueza parece mermar,
Recuerda que rico no es el que tiene más,
Si no quien tiene a quien abrazar.
Entiende que el mundo entero es tu hogar,
Vallas donde vallas, rico serás.

Cuando la muerte te robe un amigo,
Recuerda que lo encontraras en el camino,
Lo sentirás en el viento y en el mar,
En el recuerdo de cada sonrisa que te supo robar.

Que es duro tener que luchar, dirás,
Pero quien gana, suele ser quien lucha más.
Derrama el alma en cada sueño,
Y cada sueño alcanzarás.

Y si el mar se alza contra el mundo,
Si las montañas parecen derrumbar,
Si el cielo dejó de sonreír,
Recuerda que quien está estancado,
Ya comenzó a morir…
Sigue adelante, el mundo no se detiene.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.


La despedida

Ha llegado la hora, amor,
La hora de cerrar mis ojos,
Más no la de dejar de verte,
Porque los ojos del alma,
No los cierra la muerte.

Solo si vives, viviré, inmortal seré,
Y mientras duermas, ahí estaré,
Seré el protector de tu calma,
Tu atrapasueños será mi alma.

Solo moriré si me olvidas,
O si se te borra la sonrisa,
Que si mis memorias te perturban,
Con gusto asesinaré mi recuerdo,
De tu corazón lo soplaría.

Se feliz, pues ese es mi cielo,
Mi paraíso son nuestros recuerdos.
Prometo envejecer de tu mano
Mi alma flotará a tu lado,
Y si Dios me lo permite,
Te escribiré de vez en cuando.
Mis cartas serán tus sueños,
Tu compañía será mi canto.

No prometo visitarte algún día,
Pues de tu lado jamás me marcharía.
Aunque no me veas, ahí estaré,
Seré el pañuelo de tu llanto,
Y el eco de tu sonrisa.

Seré la brisa que te acaricie,
La nube que te cubra en el día,
La lluvia que rose tu superficie,
Seré la misma mierda que pises,
Si es necesario para seguirte.

Hoy las leyes de los hombres,
Mi muerte obligan,
Pero mañana la ley de Dios,
Me hará justicia.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.



Las Peripecias de un Borracho.

No sé si vivo para beber,
O bebo para vivir,
Pero si el aire fuese licor,
Tendría para vivir otra razón.

El sol y su manía de huir,
Me advirtió que la vida,
Se tiene que vivir.

La luna y su forma de reír,
Me enseñó que la noche
Se hizo para ser feliz.

Por eso no paro de beber,
Solo en los lagos del alcohol,
Soy quien quiero ser.

Mi mejor amiga es una cerveza,
No me abandona ni en tiempos sin certeza.
Y un verdadero hombre sabe amar,
Un buen trago, y una mujer.

Y aunque nunca puedo ser feliz,
Mi sueño en la vida, es morir,
Morir en un trago de licor,
Y en una copa de vino, vivir.

Y si el alcohol se volviese fuego,
Hasta el mismo infierno bajaría,
Para compartir unas copas con el diablo,
Y hasta a la muerte embriagaría.

Que si el destino quiso mi vida en obscuridad,
Quizá fue para una fiesta cantar,
Mi vida una cantina será.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.


Cadena de Sonrisas

Maldita parafernalia del amor,
Que su sonrisa causa la tuya,
Y la tuya es razón de la mía.

Malditas manías del amor,
Que solo soy feliz,
Si él te hace reír.

Maldigo que su felicidad
Te cause a ti,
Lo que la tuya me hace a mí.

Mataría la vida, moriría por amor,
Lo que sea daría, por ser yo la razón,
Por ser yo, origen de tu corazón,
Y no de tus sobras, el recolector.

Las migajas de tu tiempo,
Las estelas de tu amor,
El residuo de tu ser, bastaría,
Para alegrar mi corazón.

Pero le agradezco a Dios,
Que te haga soñar, que te haga feliz,
Al fin y al cabo, solo así logro reír.

Maldita cadena de sonrisas,
Me tocó ser, el último eslabón.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.



Algún lugar en ningún lado...

Hay en el mundo un lugar
Que ningún hombre, jamás,
Ha visitado, ni lo hará.

Pero llegaré,
A donde nadie ha ido, iré.
Andaré sobre los colmillos del diablo,
Caminaré sobre los vientos mortales,
De ser necesario, moriré.

Con mi frío quemaré los mares,
Una Aurora Boreal fabricaré.
Lucharé con el mismo Hades,
Si es preciso, otro mundo construiré,
Pero llegaré.

Mi lucha será a muerte,
Y si no logro alcanzarlo,
El haberlo intentado,
Será suficiente.

Tu corazón alcanzaré,
Así reviva la muerte,
Si el destino mi enemigo se vuelve,
Aunque las lágrimas me quemen el alma,
Lo alcanzaré.

Viviré entre tus recuerdos,
Tus sentimientos serán mi abrigo,
Y de frío jamás sufriré.
El protector de tus besos,
Ese seré.

Tu corazón alcanzaré,
Aunque pierda mi alma en el camino,
Aunque mi vida carezca de sentido,
Pero lo alcanzaré.

Donde nadie ha estado, viviré.
No sé cómo ni cuándo,
Pero tu corazón alcanzaré.



La noche en que el hombre conoció a su peor enemigo

Era una noche fría y acuosa, triste. El cielo se desquebrajaba a trozos y caía sobre la tierra. Las nubes se partían en relámpagos que golpeaban el suelo con la ira de Dios. Un agresivo ejército de agua atacaba desde el cielo y moría en un asalto kamikaze contra el mundo. La luna lloraba desconsolada al ver el sol derramarse sobre el planeta entero, y el mar se alejaba con tristeza de la orilla. El tiempo se había vuelto loco, y la locura parecía normal. Era la última noche del hombre.
La casa del hombre quedaba en lo alto de la última colina viva. Estaba cercada y resguardada, ajena a la realidad que asechaba toda vida. Descansaba dentro del pequeño rincón que llamaba hogar, sin ver que su hogar llegaba hasta donde la vista pudiera, pero que estaba a punto de arder en llamas, al igual que toda su familia.
La paz de aquel hogar fue interrumpida por un desconocido, un mágico ser que tocó a la puerta de la casa del hombre. Parecía un anciano, vestía prendas desgarradas, exento de calzado y de sonrisas. Una incisiva mirada era su saludo, y la soledad su andar. Llevaba el cabello enmarañado, el rostro demacrado y el corazón roto. Cada molécula de su ser entrañaba tristeza y lástima.
-¿A quién busca? –preguntó el hombre con aspereza, contrariado al ser extraído de su descanso. Impasible.
-A ti –contestó el vagabundo. Su voz era arenosa y seca.
-¿Quién eres?
-¿No me reconoces? Era de esperarse… soy tú. Soy el precio de tu felicidad. El costo que tienes que pagar para sonreír es mi tristeza. Mi enfermedad es lo que vale tu salud.
El hombre, más abrumado y menos inmutable, se desquebrajó por dentro. El vagabundo dio media vuelta y comenzó a andar a paso lento sin pronunciar una palabra. Envuelto en el sortilegio de la visita y como si hubiese un acuerdo tácito entre aquel par, el hombre comenzó a seguirle un paso detrás.
-Por tener tu pequeño rincón, has vendido el mundo entero –comentó el vagabundo- y mira ahora lo que has hecho.
El anciano señaló a su alrededor y hasta entonces el hombre se detuvo a observar lo que pasaba en su entorno. Los animales más salvajes corrían a esconderse de los fragmentos de cielo que caían sin piedad. Las aguas de los ríos, las lagunas y los lagos, que antes eran tranquilas, se abalanzaban por los aires intentando alcanzar su presa. Los árboles levantaban sus raíces de los suelos y estas se tornaron en garras. Una lluvia ácida se tornó cuerpo y afilaba una espada. La noche apenas empezaba.
-¿Qué es lo que pasa? –preguntó el hombre.
-Se revelan, van en busca de su presa.
-¿Su presa…? –susurró, temeroso de conocer la respuesta.
-Tú, yo, todos.
Un lago contaminado, la tierra de una mina explotada y una nube de polución se alzaron en armas y señalaron a donde estaba el hombre.
-¡Allá! –gritaron, el eco de su ira retumbó hasta en el último rincón del planeta moribundo. Una playa con petróleo derramado volteó, le miró, y se alzaba también con furia.
-¿Yo  hice esto? –preguntó el hombre.
-Hasta el último de los males.
Un ejército de algas proliferadas corría con furia. La Justicia se hizo hombre y dirigía cada ser y sus armas. El Amor tomó forma, pero hasta él odió al hombre. La Avaricia se hizo presente, y tenía exactamente la misma apariencia del hombre. Todos iban a por él.
La tierra infértil, se alzó frente a él y le habló con ira.
-Venimos a juzgarte.
El hombre, sumiso ahora, asintió con temor. Un árbol moribundo le ató a las espaldas, mientras el vagabundo simplemente observaba retirado con lágrimas en el alma, envuelto en la mayor de las tristezas.
Una pantera, un león, una ardilla y un halcón, destruyeron el hogar del hombre, el último lugar de la tierra que se mantenía en pie.
La justicia se posó frente a él y le escupió a la cara. A sus espaldas le seguía una ballena triste, una nube de smog y un zorro sin piel. Todos los seres a los que el hombre les había arrebatado la vida, hacían fila para ver el juicio.
-¿No te bastaba tu propia piel? –preguntó el zorro.
El hombre lloró.
-Yo soy tu –dijo el vagabundo desde un lado, ignorado por todos. El hombre volteó hacia él y sollozó, arrepentido por lo que había hecho, pero como cada que uno se arrepiente, ya era tarde.
-Soy tú, tú eres yo –continuó- tú nos hiciste esto, te lo hiciste a ti mismo, pobrecillo.
El hombre alzó la vista y vio como cada uno se arrinconaba para tomar su granito de venganza. La capa de ozono, el último miembro de una raza en peligro de extinción y una nutria que había perdido a sus crías, todos alzaban sus puños y sus armas para vengar el planeta. Entonces el hombre lo comprendió todo, aquella noche, la última de sus noches, conoció a su peor enemigo, y entendió que era el mismo. Él se había matado a sí mismo, había destruido su hogar y a su familia, y ahora se estaba matando a él. Volvió la vista hacia el anciano y lo comprendió todo; en verdad era él, él se había convertido a sí mismo en una víctima, se había tratado como a algo y no como a alguien. Se había asesinado lenta y dolorosamente.
Aquella noche, la noche en que el hombre entendió que había sido él mismo su peor enemigo, era la última noche de la tiranía del hombre, y al alba, sería el primer día en que la tierra descansaría.

Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.

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Las Anécdotas de Gabriel (2/∞)

Triste realidad.

Gabriel abrió sus ojos muy lentamente. Estaba en alguna habitación, cerca de ningún lugar, y no tenía memoria de cómo había acabado ahí. Intentó resonar, y entonces se dio cuenta que no tenía ni recuerdos, ni siquiera memorias de haber vivido jamás.  Un incisivo manto de obscuridad abrazaba la estancia, y el joven no podía ver ni su propia mano. Se parecía tanto a la historia de su vida, esa que no recordaba.
Sus pupilas tardaron un instante de más en acostumbrarse a la negrura, cuando divisó una densa luz blanca alumbrar desde el fondo. Entonces comprendió que no estaba en una habitación, era más bien un pasillo, un obscuro pasillo angosto.
Intentó gritar, pero había olvidado como gesticular una palabra, y estas habían optado por escapar de su boca en silencio. No sentía sus piernas, pero comenzó a caminar. Se acercaba con cada paso hacia la luz. El motor que lo empujaba podía ser la curiosidad, el temor, o la tradición popular de seguir la luz al final del camino, pero lo que fuese, no podía saberlo, porque no sentía nada. No sentía nada más que la ansiedad de haber olvidado algo, de haber perdido algo, pero no recordaba el qué. Intentó tocar las paredes de aquel pasillo pero la obscuridad se tragaba su mano y un agrio escalofrío le recorría los nervios que creía muertos.
Con cada paso aquella luz se tornaba más brillante y lo cegaba el doble. Debía tapar su vista con su palma para no dañar las últimas gotas de vida que tenía en los ojos. Estando un poco cerca divisó algo al centro de la luz blanca, era el contraste de una persona, de pie delante de él. La luz alumbraba a las espaldas de aquel enigmático sujeto. Entonces fue cuando el temor arropó el alma del joven y prefirió correr. Necesitó estar más cerca para diferenciar que, la persona al final de camino, era una mujer. La silueta se le hacía conocida en su mente y en su corazón, pero no le reconoció. Exprimió cada suspiro de fuerzas que le quedaba en el alma y apresuró el paso. Fue hasta que mató suficiente distancia cuando reconoció perfectamente aquella silueta a contraluz… aquella alma. Se detuvo de golpe de la impresión y su corazón comenzó a brincar tan fuerte como podría hacerlo. Intentó gritar de nuevo, pero apenas un aullido escapó de su boca.
-Poli… -susurró.
Entonces la memoria, los recuerdos y el sentimiento le llegaron de golpe. La muchacha, sonriente hasta el final, extendió su brazo derecho con la intención de entrelazar sus manos, como lo habían hecho ya con sus almas. Gabriel comenzó a andar a paso lento. Estaba nervioso, aturdido y contrariado. Sonreía y sus ojos gritaban lágrimas de felicidad. Extrañaba tanto el sabor de su piel, de su aroma, de su presencia, de su sola existencia. Se impacientó y comenzó a andar más rápido.
Cuando Gabriel estuvo a unos pasos de ella, extendió también su brazo y sonrió aún más al recordar el sabor de su piel rozando la de su amada. Cuando estuvo a tan solo un suspiro de unirse para siempre, cuando tan solo les separaba un átomo de distancia, entonces el joven comprendió donde estaba, recordó quien era, como había llegado ahí, y que de hecho ya había vivido todo aquello. Luego, con el corazón abrumado… despertó.


Y.A.A.S.
El Recolector de Palabras.

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